La Moda puede salvarte de una huelga de trabajadores

Una mañana calurosa en Querétaro, el aire en la planta de manufactura de autopartes estaba cargado de tensión. La sala de juntas, normalmente silenciosa, estaba ahora repleta de voces murmurando y miradas de desconfianza. María, la directora de Recursos Humanos, intentaba mantener la compostura mientras revisaba por enésima vez los documentos que tenía frente a ella. Javier, el analista de datos, sentado a su lado, no dejaba de ajustar sus gafas, como si eso pudiera hacerlo invisible. Frente a ellos, Raúl, el líder sindical, se acomodaba en su silla con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos.

El ambiente en la planta llevaba semanas enrarecido. Los trabajadores habían expresado su descontento una y otra vez, y aunque María intentó manejar la situación, esta había escalado hasta llegar a un punto crítico. El sindicato exigió una reunión inmediata para discutir los salarios, advirtiendo que, de no llegar a un acuerdo, no dudarían en paralizar la producción.

María, tratando de proyectar seguridad, fue la primera en hablar.
—Gracias por asistir. Nuestra intención es encontrar una solución que sea justa para todos. Basándonos en nuestro análisis, proponemos un aumento del 6%.

Raúl soltó una risa seca y miró a María directamente.
—¿Justa? María, ¿en serio? Un 6% no alcanza ni para cubrir el aumento de la canasta básica. Estamos hablando de personas que apenas llegan a fin de mes.

El silencio cayó como un peso en la sala. Javier, incómodo, intervino con voz insegura:
—Raúl, entendemos las preocupaciones, pero este aumento está basado en la media salarial de nuestros empleados, que es de $20,000 mensuales, una cifra competitiva en nuestro sector.

Raúl se inclinó hacia adelante, su tono se endureció.
—¿Competitiva? Dígame, Javier, ¿cuántos operativos conoce usted que ganen $20,000 al mes? Porque yo no conozco a ninguno. Esa media está inflada con los sueldos de los gerentes. ¿Qué pasa si usamos la mediana o la moda?

Javier tragó saliva.
—Bueno, usando la mediana, el salario está en $12,000, y si analizamos la moda, el salario más frecuente es de $10,000.

Raúl golpeó la mesa con fuerza, provocando un respingo de María.
—¡Ahí está! El 70% de los trabajadores ganan $10,000, apenas por encima del salario mínimo. Y ustedes tienen el descaro de proponer un aumento basado en una cifra que no representa a nadie de la línea de producción.

María sintió cómo su control de la situación se escapaba entre los dedos. Intentó calmarse y cambiar el rumbo.
—Raúl, entendemos el punto. Pero no podemos ignorar que esta empresa también enfrenta retos económicos.

Raúl no cedió.
—María, déjeme contarle un par de historias. Don Jaime, 25 años trabajando aquí, gana $10,500 al mes. Ana, madre soltera, lleva cinco años en la planta y gana $10,000. Luis, recién contratado, gana $10,200. ¿Cómo pueden estas personas mantener a sus familias con esos ingresos?

El rostro de María se endureció. Sabía que no había forma de justificar lo que era evidente: la mayoría de los salarios estaban muy por debajo de lo que la media sugería. Decidió mirar a Javier.
—¿Qué podemos hacer para equilibrar esto?

Javier, tras unos segundos de reflexión, presentó una alternativa:
—Podemos ajustar nuestra propuesta basándonos en las diferencias entre la media, la mediana y la moda. Sugiero lo siguiente:

Raúl evaluó la propuesta con escepticismo.
—Es un buen inicio, pero quiero garantías de que este cambio será real.

María asintió, decidida.
—Lo plasmaremos en el contrato colectivo y será revisado trimestralmente en nuestras juntas con el sindicato.

La discusión continuó durante horas, con argumentos de ambos lados. Finalmente, se llegó a un acuerdo. La huelga se evitó, y los trabajadores salieron con una promesa de mejoras concretas.

Días después, María reflexionaba con Javier:
—Esto nos deja una gran lección. No podemos quedarnos solo con los datos que nos convienen. Si queremos construir confianza, necesitamos ser transparentes y representar la realidad de todos, no solo de unos pocos.